5 de noviembre de 2007

Palabra de Vida de Noviembre..

"Amor de Discípulos, Espíritu de Misioneros"

Mensaje de Pentecostés de Mons. Rubén Frassia, Obispo de Avellaneda-Lanús, a los jóvenes de la Diócesis (26 de mayo de 2007).

Hoy, en esta Solemnidad de Pentecostés, celebramos y recibimos la fuerza del Espíritu Santo. Hoy nace definitivamente la Iglesia. Hoy Cristo, que ya ha ascendido al cielo, nos envía, junto al Padre, el Espíritu. En este mismo Espíritu, se nos comunica irrevocablemente la presencia de Dios hasta el final de los tiempos.
Nosotros somos sus discípulos y sus amigos, a quienes Cristo confía su Obra.
Su Obra es que vivamos y transmitamos a los demás su amor, que es victoria sobre el pecado y sobre la dramaticidad de la muerte.
Esta presencia del Padre y del Hijo en el Espíritu sin duda es una realidad impactante, gozosa, pero también nos hace tomar conciencia de nuestra pertenencia al Pueblo de Dios. La Fe, que es una adhesión personal, debe incidir también en todas las esferas de nuestra vida social.
Frente a un don tan grande como es el Espíritu Paráclito, quizás nos asustemos considerando nuestra propia fragilidad. La debilidad es una realidad del hombre, pero no es, ni debe ser, un obstáculo para permitir que Dios viva, talle y transforme nuestro corazón y nuestras actitudes. Estamos en sus manos.
En la medida en que nos dejamos impregnar por el Espíritu, el Amor de Dios nos irá transformando y nos permitirá superar nuestras dificultades. El Amor de Dios, la Fuerza del Espíritu, no ayudará a transformar todo aquello que en nosotros sea individualista, egoísta, superficial, pasatista; y nos fortalecerá para vivir confrontando todo lo que el mundo tiene de consumismo, de subjetivismo y  de visiones fragmentarias. El mundo muchas veces nos lleva a reducir nuestra vida al propio gusto, a lo que uno siente a cada instante, a depender de las ganas para tomar una decisión, a preocuparse sólo por el presente sin tener ningún proyecto de vida. De este modo, terminamos convirtiéndonos en rehenes y cautivos de ideologías que no tienen entidad ni menos futuro.
¡Pensar que para muchos jóvenes entrar en el “Gran Hermano” es un gran sueño! ¡Salir en televisión, exponer sus intimidades a los ojos de lo demás, degradarse siguiendo las pautas que ponen para sacar lo más bajo del hombre! ¿Y todo para que una empresa gane fortunas a bajo costo? ¡Por favor!, tomemos conciencia y sepamos apartarnos con decisión de todo lo que nos hace daño.
Pensemos, más bien, aunque no salga en la televisión, en qué calidad de vida queremos tener y en cuáles instrumentos pondremos en acción para alcanzarla.
Hoy más que nunca necesitamos del Amor de Dios. Y justamente hoy el Espíritu viene en nuestra ayuda. Dios es fuente de amor; de Él debemos nutrirnos.
Tenemos la oración, la Palabra de Dios y la Eucaristía. Si realmente nos nutriéramos de ellas cotidianamente, no solo nos fortaleceríamos, sino que también nuestra vida crecería en muchas direcciones, permitiéndonos vivir una  vida integrada, compacta y ágil.
Tendríamos en nuestro espíritu el criterio del necesario discernimiento que debemos realizar frente a los diversos estímulos que nos propone el ambiente en que vivimos. Dicho de otra manera, ustedes mismos podrán conducir  su vida, sin venderla, permítanme la expresión, por dos pesos.
Finalmente, quiero hacer una última consideración: el amor de Dios, el Espíritu, nos hace descubrir que tenemos una misión. La fuerza de la misión se sostiene en una vocación asumida y convencida. ¡Cada uno de ustedes tiene una vocación humana y cristiana al mismo tiempo! Estar a la altura de nuestra misión requiere de un aprendizaje laborioso, que exige de nosotros esfuerzo, perseverancia, discernimiento, prudencia, compromiso, creatividad y generosidad. En la medida en que esté clara la finalidad, los medios se ponen más fácilmente.  ¡Jóvenes, ustedes son el futuro y la esperanza de la humanidad! Como dice el Papa Benedicto XVI. Lo serán si viven convencidos del Amor de Dios, que está presente en todo acontecer humano, en lo personal y lo familiar, en lo amical y lo social, en lo laboral y lo intelectual, en el tiempo libre y en la diversión.
Sean “testigos de la caridad”. Compartan entre ustedes esta experiencia y díganle al mundo que el amor es la razón más importante para vivir, para madurar y para crecer. El reino del mal y sus seguidores, les propone un mundo que no tiene referencia directa a Dios, quitándoles la posibilidad de vivir en el Amor, que es la fuente de todo amor humano y el fundamento de una verdadera fraternidad
social.
Que hoy recibir al Espíritu Santo nos dé la fuerza para ser, como lo fueron los primeros discípulos, revolucionarios del Amor de Dios. Asumamos el compromiso de ser discípulos. Recuerden que se debe reconocer a los discípulos por el amor que se tienen los unos a los otros (Jn 13,35). No abandonen sus parroquias, sus movimientos eclesiales, grupos juveniles, no abandonen la Acción Católica, ni los grupos misioneros a los que pertenecen. ¡No se vuelvan viejos, vivan como jóvenes! Y si todavía no participan de la Iglesia, comprométanse ahora, pues si se quedan solos no pueden vivir a la altura del Espíritu y corren el riesgo de ser devorados por las falsas propuestas de realización que hoy abundan.
Hoy más que nunca hay que perseverar. Hoy mas que nunca hay que resistir.
Hoy mas que nunca hay que responder. Acepten de buena gana los sacrificios necesarios para servir y para formarse, den testimonio del amor fiel a Cristo y a la Iglesia anunciando el Evangelio a todos, especialmente a los jóvenes. ¡Jóvenes, sigan actuando como jóvenes, creativos en la caridad, fuertes en la realización del bien, audaces y renovadores en sus iniciativas para contribuir así a la edificación de la “Civilización del Amor”!.
Que nuestra Señora de Pentecostés, por su intercesión y su ejemplo, nos acompañe en el cumplimiento de nuestra Misión.Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda–Lanús

Ave María y Adelante...!
De Colores...!